INCIO
PRESENTACIÓN

BLOQUE 1: 
LAS BASES DEL SISTEMA
BLOQUE 2: 
CONCEPCIONES DISCUTIBLES
BLOQUE 3:
PROPUESTAS ACTUALES
BLOQUE 4:
  HACIA EL CAMBIO


EL TRABAJO

Las condiciones que impone la sociedad de clases conducen a que el trabajo sea considerado como algo negativo y que si es necesario realizarlo se debe a algo así como a una maldición divina.  Según la Biblia, un castigo por un supuesto pecado capital.

Sin embargo, el trabajo es algo que está íntimamente identificado no solo con el ser humano (SH), sino con toda vida animal: es parte inseparable de ella.  La causa fundamental es el desarraigo de la tierra que caracteriza en primera instancia al animal (salvo contadas excepciones) diferenciándolo del vegetal.  El animal, para seguir viviendo tiene que conseguir el alimento necesario y para encontrarlo ha de desplazarse, lo que ya supone un trabajo.  Lo hicieron los recolectores del paleolítico, aquel periodo de la vida humana que duró millares de milenios. Y en todos los periodos posteriores el trabajo ha estado siempre presente.



Se han  ideado artilugios para hacerlo más eficaz o más aliviado, pero nunca ha podido ser eliminado.  El SH del paleolítico alargó primero su brazo mediante el mazo y la lanza, el del neolítico consiguió acercar hacia sí lo que necesitaba para la vida y multiplicó su capacidad de conservarlo, pero siempre mediante el trabajo.  El de la edad moderna consiguió aumentarlo mediante nuevas fuentes de energía, utilizando la que estaba almacenada en la naturaleza, y en los tiempos presentes trata mediante la robótica de auxiliarse con instrumentos que sean capaces de hacer trabajos que hasta ahora eran de su exclusividad, aunque difícilmente podrá llegar a sustituir el trabajo humano.  Si llegara a lograrlo dejaría de ser humano.

Hasta ahora por lo menos, el trabajo sigue siendo uno de los atributos más inseparables de la vida animal.  ¿Cómo puede entonces hacerse negativo?, ¿algo a evitar o despreciar?, ¿algo a condenar?

La enseñanza oficial transmite que el avance de la civilización, con la suma constante de bienes y servicios, requirió la necesidad de más y más trabajo.  Como ese fenómeno no se detiene, lo que se va haciendo es idear formas de realizarlo con mayor eficacia.  Lo que se crea de nuevo no va destinado a quienes lo producen, más que en una pequeña cantidad y en consecuencia, la causa del malestar no es tanto que haya más trabajo que hacer, sino que quienes lo hacen tienen que hacerlo obligatoriamente y para beneficio ajeno, como ha sido sin interrupción desde que se impuso la RU (revolución urbana).

Antes, quien no rendía recibía castigo físico; hoy, simplemente deja de recibir lo necesario para seguir viviendo.  Antes, látigo; ahora, privación de empleo.  Y entre tanto, la otra parte, aquella que lo fuerza, recibe el producto sin trabajar y así se mantiene la obligación de trabajar y, en consecuencia, la maldición que pesa sobre el trabajo.

Se han tomado estos temas para entrar en materia porque pueden hacerse, en relación con ellos, algunas observaciones útiles para comprender los enredos que se han formado a partir de los falseamientos y engaños existentes en el Sistema Dominante (SD).


La primera y más curiosa es que tanto el parasitismo como la actitud frente al trabajo, aunque tienen en común la repulsa son valorados de manera muy distinta: mientras el trabajo, a pesar de ser considerado una maldición divina, se valora y respeta como condición de vida (imposible negarlo), el parasitismo, a pesar de darse de forma más aguda entre quienes más provecho obtienen del trabajo social es considerado una práctica despreciable.

Ambos rechazos se dan en el plano ideológico mientras que se practican en todos los niveles y en toda la extensión de las colectividades del SD aunque disfrazados.

Si el trabajo es una maldición inevitable, lo razonable sería intentar que fuese lo más tolerable posible.  Si el parasitismo es una práctica condenable, debería no ser practicado o, a lo sumo, solo en casos excepcionales.  Pero ninguna de las dos consecuencias se produce.

El rechazo al trabajo se generó en tiempos en que se consolidó la esclavitud, donde se empleaba también en actividades ajenas al mantenimiento de la vida, como construcciones monumentales, en que el trabajo físico necesario era francamente insoportable.  Por otra parte la relación del trabajo con la vida, cuando dejó de ser suficiente lo que la naturaleza era capaz de ofrecer sin la intervención humana, se hizo también en cierta manera obligatorio, y las situaciones de penosidad y obligatoriedad no son aceptables por el SH.  La penosidad implica cansancio en exceso y desgaste prematuro, mientras la obligatoriedad crea un estado de desarmonía entre quien la sufre y quien la fuerza.

Pero ninguna de estas dos situaciones, ni el exceso ni la obligación, son imprescindibles por sí mismas, sino generadas por los propios SSHH.  Ambas fueron situaciones creadas por el desarrollo cultural.  Las construcciones monumentales no eran en absoluto necesarias para la vida, ni las pirámides ni los templos, ni los jardines colgantes de Babilonia.  Ni tampoco era necesaria la explosión demográfica que se produjo desde entonces por las posibilidades crecientes de satisfacer las necesidades biológicas de más gente.  El control de natalidad siempre ha existido, existe y existirá, pero nunca ha sido programada teniendo en cuenta la limitación del trabajo tolerable en condiciones gratificantes, sino en condiciones de imposición.


Posteriormente, a medida que se fueron perfeccionando las herramientas de trabajo, cuando sucedió lo mismo con los medios de transporte y cuando se aprendió a utilizar nuevas energías de la naturaleza, tampoco se emplearon esos avances del conocimiento para hacer el trabajo más placentero ni más retributivo el vivir la vida, sino para engrosar explosivamente la humanidad, sin que ello parezca tener ningún sentido ni responder a ninguna necesidad que no sea la de poder producir más bienes para quienes se las arreglaron para apropiarse de ellos y disfrutarlos.

Nuestro sistema dominante reclama, para su normal funcionamiento, una gran cantidad y diversidad de formas de trabajo.  Quizá ninguna sea tan penosa como la que tenían que realizar los esclavos que construyeron las pirámides egipcias, o que desplazaron las galeras por los mares de la antigüedad, pero sí lo suficiente como para pasar el límite de lo placentero, de manera que llega a hacerse desagradable y hasta penoso por el tiempo que el trabajador debe dedicarse a él de forma continuada y obligada.


Un recolector del sistema “primitivo”, nos dicen los antropólogos, no tiene que trabajar más de tres horas diarias para prepararse sus herramientas y después obtener lo necesario con su ayuda y, además, en una actividad que en su mayor parte le resulta placentera.

Un artesano medieval de cualquier oficio podía pasarse el día entero trabajando en “lo suyo” si, cuando se cansaba, podía tomarse un periodo de reposo suficiente para reponer energías.  De esa manera podía dedicarse al trabajo durante 15 o 16 horas diarias sin que se le hiciera penoso, como también podía hacerlo y, de hecho lo hacía, el investigador o el científico antes de que la investigación se convirtiera en competición y negocio.

Y aún cabe otra observación: la posibilidad de volcar creatividad en el trabajo constituye siempre un elemento que lo hace placentero, lo mismo que sucede cuando es reconocido su valor por la colectividad para la que se  realiza.  Pero el trabajo, en el SDA, no es considerado bajo estos parámetros, sino exclusivamente por la eficacia, la productividad y en función de un modelo de trabajador tipo, que en la mayoría de los casos, no tiene nada que ver con el trabajador humano real.

Por esas causas y también por la influencia de la cultura impuesta, el propio trabajador no busca en el trabajo los elementos retributivos de creatividad y valoración, sino solamente el canje por los medios de compra que espera obtener de él.  En tales condiciones es natural que persista en la falsa idea sobre el trabajo que el esclavismo hizo de él en la antigüedad.

Para que funcione el sistema es necesario por un lado forzar el trabajo obligatorio (quien no trabaja no come, o “ganarás el pan…”), y por otro, montar una gran fuerza represiva para mantener un orden mínimo capaz de permitir que las cosas continúen como están.  Una fuerza de orden que pueda actuar contra individuos aislados, contra varios cuando se organizan para conseguir más por otros procedimientos o para sustituir los puntales en que se sostiene.


Queda aún pendiente considerar el hecho de que dentro del SDA la mayoría del trabajo se realiza por iniciativa de empresarios particulares, gestores de empresas que lo realizan y lo distribuyen.  ¿Por qué sucede así?


Las empresas son propiedad de empresarios que contratan trabajadores para que produzcan “valor”.  Ambos, empresarios y trabajadores, están dispuestos y disponibles para hacerlo; los trabajadores, porque por su trabajo recibirán una remuneración mediante la cual podrán recibir lo necesario para seguir viviendo.  No lo hacen como los viejos recolectores, yendo a buscarlo directamente donde se encuentra ya hecho por otros o por la naturaleza, sino dirigiéndose con su paga a distintos almacenes donde otros empresarios se lo cambian por lo que necesitan o desean.  La remuneración de que disponen para comprar funciona, pues, como una etapa intermedia entre el trabajo realizado para el empresario fabricante y la obtención de lo requerido del empresario distribuidor.

Mencionamos este proceso, de todos conocido, para recordar en la práctica diaria lo que señalamos como el valor, y la importancia del trabajo.  Recordémoslo: el  trabajo es necesario para poder seguir viviendo.

¿Y el empresario?  ¿Por qué se ocupa de facilitar que pueda realizarse y distribuirse el resultado del trabajo productivo?  Lo hace porque de esta manera el Sistema le facilita poder seguir abasteciéndose sin trabajar.  El empresario, que antes de involucrarse como tal, ya disponía de medios económicos suficientes para vivir una buena temporada, y a veces toda su limitada vida, ¿por qué se involucra en el proceso productivo?  ¿Por beneficencia?  ¿Por servicio a la sociedad?  ¿Por deporte?  Todos sabemos que no, que si lo hace es porque el Sistema le permite apropiarse de una parte del valor producido por el trabajo realizado por los trabajadores, y de esa manera poder seguir acumulando bienes sin trabajar o, según el caso, recibiendo por su trabajo más beneficio que los demás.

Mirado desde este punto de vista observamos que ya después de realizada la revolución industrial (RI) del s. XVII, la remuneración ofrecida a los trabajadores por largas jornadas, apenas alcanzaba para seguir viviendo.  Poco a poco, después de duras luchas gremiales y de una sensibilización generalizada que desembocó en la abolición del absolutismo a finales del siglo XVII durante la Revolución Francesa, lograron un cierto desahogo.  Aunque de cualquier manera, puede considerarse que en su nivel medio, era de mera subsistencia.  El trabajador, durante su vida útil no puede más que subsistir con lo que recibe por su trabajo; imposible hacerlo en base al ahorro y, en consecuencia, para él, el trabajo continuado es obligatorio o forzado, tanto como podía serlo el de los esclavos en el pasado.


Esto vuelve a mostrar que para el trabajador, la situación sigue siendo como siempre, ligado a la ley natural de que “sin trabajo no hay vida”, y con el agravante de que para la mayoría, a nivel mundial, en condiciones peores; mientras que ciertas minorías se las arreglan muy bien apropiándose del producto del trabajo de quienes trabajan.


A partir de la revolución industrial (RI) el trabajo se ha ido tecnificando sin cesar como consecuencia, principalmente, de la creación y el empleo de las máquinas en la producción de bienes y servicios, dando lugar a la participación en él a trabajadores para indicar a otros – más que haciéndolo ellos mismos – lo que debe hacerse, cómo y cuándo.  Son siempre una minoría que debe conocer como se hacen los trabajos directos sobre la materia.  Para cumplir esa función deben recibir preparación especial, lo que pueden conseguir con la práctica misma o en cursos especiales que les habilitan para recibir un trato y una remuneración especial. 

Pero por eso no deben dejar de ser considerados ajenos a la producción y al trabajo, ya que forman parte de esa clase media baja que se conoce en sociología como proletariado (el conjunto de los que reciben remuneración salarial).  Este proceso se repite en niveles superiores y desdibuja el conjunto de quienes producen “valor” y cumplen la función de mantener la vida humana e incluso de extenderla.

Los conocimientos que reciben por su preparación y por la práctica que realizan en la producción les reportan una cierta capacidad administrativa y organizativa que los trabajadores comunes no tienen, pero que ellos ponen al servicio de quienes poseen la propiedad de los medios de producción y reciben, en compensación, mayor remuneración por su actividad.

Teniendo en cuenta todo lo expuesto, consideramos que estamos frente a una situación que, incluso desde el punto de vista ético, es insostenible y que, en el devenir de la evolución histórica de la sociedad, debería ser modificada necesariamente.