INCIO
PRESENTACIÓN

BLOQUE 1: 
LAS BASES DEL SISTEMA
BLOQUE 2: 
CONCEPCIONES DISCUTIBLES
BLOQUE 3:
PROPUESTAS ACTUALES
BLOQUE 4:
HACIA EL CAMBIO

    EL VALOR DE LOS BIENES

A medida que fue avanzando el neolítico en las distintas regiones en que se estableció, los productores de bienes fueron notando las ventajas de intercambiar los productos según las necesidades con los colectivos próximos. De forma natural tuvieron que ir poniéndose de acuerdo en establecer una cierta relación entre lo que les costaba producir cada uno de los productos, o sea, entre los esfuerzos o trabajos que debían invertir en cada uno de ellos. Si pretendían intercambiar un simple cordero por maíz, tenían que comparar el esfuerzo que tenían que dedicar a la cría y engorde del cordero, con el que tenían que emplear en la plantación, cuidado y recolección de las mazorcas: Un cordero = X sacos de mazorcas.

El problema se reducía a ese simple procedimiento, aunque eso implicaba una dedicación complementaria al esfuerzo de la producción misma. Eran valores fijos, estables; si variaban era solamente por factores ajenos a la voluntad, como el correr del tiempo, de las estaciones; de las inclemencias, como podrían ser los trastornos climáticos, las catástrofes naturales, o cosas por el estilo. Se podían, pues, ir ajustando los valores relativos de cada producto intercambiable, pero siempre relacionados con el trabajo empleado en la producción.


Pasado el tiempo se da comienzo a la instalación del MERCADO, que entra a funcionar periódicamente y en lugares apropiados y colectivamente elegidos.  Es allí donde se harán en lo sucesivo la mayoría de los intercambios; al principio, siempre con los valores calculados de la misma manera.

Aquellas nuevas condiciones facilitaron que alguno de los participantes, conocedor de las necesidades de otros, les exigieran mayores valores por sus productos, probablemente alguno cuyas tendencias egocéntricas prevalecían sobre las empáticas. Y así se fue practicando un nuevo sistema para asignar valores a los productos, y probablemente generalizándose poco a poco, y al que el economista británico Adam Smith –ya en el siglo XVIII- cuando se estaba imponiendo el sistema capitalista, denominó “Valor de Cambio” para distinguirlo de la forma primitiva, considerándolo dependiente de la utilidad que presta el producto dado, pero –aún no- del trabajo que requiere producirlo. Es un valor variable que depende de los excedentes y de las necesidades de quienes intervienen en la compra-venta en cada tiempo o momento.

En este punto debemos poner atención sobre aquello de lo que viene acompañado: la manera aviesa de obtener valor sin la participación del trabajo. Algo que luego entró a formar parte de la nueva cultura social,  que ha perdurado hasta nuestros días en las distintas formas que fue adoptando el sistema dominante a partir de la esclavitud.

Es por eso que señalamos la utilización del valor de cambio, como el primer paso importante para incorporar la “explotación de unos sobre  otros en las sociedades humanas”.     

También es justo reconocer que, en tanto se ha ido haciendo más complejo el sistema de producción, y más cambiante en el tiempo, el problema del cálculo del valor de uso de la enorme cantidad de objetos y servicios a ser tenidos en cuenta, debe haberse considerado demasiado costoso. Solo a partir de mediados del siglo XX, con el avance de la cibernética, ha cambiado ese aspecto de la situación. Hoy en día se puede calcular a un costo accesible el valor de uso de todos y cada uno de los objetos y servicios en el mercado, valor no expresable en moneda, sino en tiempo necesario para ser producido.


      

De cualquier manera, un sistema como el actual para la fijación de valores, en cualquier sistema económico alternativo, justo y equitativo, sería claramente inaceptable.

  

Repasando las líneas generales del pensamiento de varios destacados economistas sobre el tema, encontramos que al concepto, la definición y el alcance del término dados por varios economistas desde A. Smith a A. Marshall y V.Paretto, pasando por D. Ricarlo, C. Marx y S. Mill, no los vemos más que como intentos frustrados de dar apoyo al concepto de valor de cambio en la determinación del “Valor”.  Siempre aflora el factor subjetivo y oportunista de su aplicación. El problema del  costo del cálculo de los valores de uso siguió siendo suficiente justificación, pero desde mediados del siglo XX el avance de la creatividad ha hecho cambiar la situación, y con el empleo de la computación y los ordenadores se pueden calcular a un costo razonable.  Su empleo a nivel académico ya lo utilizan especialistas y profesionales, aunque quizá haya que esperar a que se modifiquen ciertos condicionantes económico-sociales para que se pueda poner en uso.

       

De hecho no parece que por ese camino se haya llegado a ningún resultado y las consecuencias son que estamos como al principio, antes de la Rev. Urbana, en que el valor de cambio en el Sistema Dominante lo fijó el Mercado y el de uso se dejó en barbecho hasta más ver. Un “más ver” que cómo hemos adelantado, ya está al alcance de la mano, pero que en el Sistema dominante no sería fácil que fuese empleado, ya que resta justificación a los financistas y empresarios, para obtener beneficios económicos sin trabajar.