INCIO
PRESENTACIÓN

BLOQUE 1: 
LAS BASES DEL SISTEMA
BLOQUE 2:
 CONCEPCIONES DISCUTIBLES
BLOQUE 3:
 PROPUESTAS ACTUALES
BLOQUE 4:
HACIA EL CAMBIO


LA SOCIEDAD DE CLASES

“SIEMPRE HA SIDO ASÍ” es una afirmación muy frecuente para descartar intenciones de cambios significativos del sistema dominante actual.

Esto se nos enseña y repite, pero si profundizamos en el tema vemos que no es así.  La realidad es que ha sido así solamente desde que se realizó la revolución urbana (RU) comenzada hace solo unos cincuenta siglos, y se impuso la división de las sociedades en clases diferenciadas.

Durante la revolución agrícola ganadera (RAG) y hasta que se impuso la RU, época en que ya las familias ampliadas, las hordas, los clanes y las tribus dejaron de ser las formas dominantes de agrupación, siempre se funcionó sin diferencias clasistas. Podía haber habido diferencias en tareas y hasta en responsabilidades, pero no diferencias clasistas como cuando ya estaba instaurada la esclavitud.


Destacados historiadores de la antigüedad se habían preocupado por saber la verdad sobre sus ancestros, entonces cercanos, aunque no disponían de los datos de que se dispone en la actualidad. La arqueología ha avanzado mucho en los últimos siglos; actualmente, ningún especialista en la materia duda de que en aquellas épocas anteriores a la RU las “clases” diferenciadas no existían.


En los agrupamientos apenas se distinguían aquellos que por sus características personales eran reconocidos como poseedores de particularidades valiosas para el conjunto; nosotros, los posteriores a la RU, desde nuestra tendencia a destacar más la jerarquía que el saber, les vemos como jefes antes que como consejeros, sabios, o más hábiles para determinadas funciones, incluso organizar la actividad de otros. Eso también ocurre aún en las agrupaciones tribales que actualmente existen en lugares donde el sistema dominante no ha sentado “sus reales” (zonas selváticas o de alta montaña y –en general- con características indeseadas para los “civilizados”).

Los cambios sucedieron y se formó un nuevo modelo de sociedad cuya característica más destacada era que en él, algunos dirigían y administraban, mientras que la mayoría producía los bienes y servicios necesarios para su funcionamiento.

Sentimos, entonces, la necesidad de reconocer y registrar ese cambio tan radical, sucedido en la RU, que se produjo en todos lados.  Y para avanzar en ese reconocimiento, lo primero es conocer sus causas, ya que todo hecho nuevo las tiene.

Ya que estamos frente a un cambio producido en seres vivos, a lo que se tiende en primer lugar, es a remitirse al vejo Darwin (1809-1882) y su concepción de la evolución de la vida, que se produce a través de cambios en las especies. Esos cambios son aleatorios y se producen por el procedimiento del “ensayo y descarte” (de los que son inconvenientes para el mejoramiento y desarrollo de la especie).


La comunidad científica acepta plenamente dicha concepción, pero también considera que no es aplicable a este caso, porque no estamos frente a un cambio genético, como lo fueron los que condujeron a la conformación del “homo sapiens”, y a otros sucedidos con anterioridad. Estamos, en cambio, frente a un cambio cultural. Aquello que culminó con la revolución urbana (RU) no ocurrió por ninguna modificación de las capacidades naturales de los individuos que fueron interviniendo en ello, sino de las mismas tendencias que ya existían en su naturaleza, aunque con distinta fuerza relativa.


Lo que ya había cambiado –y eso sí, genéticamente- pero antes, al comienzo del neolítico, fue la transformación del “homo erectus” en “homo sapiens”, que, en la actividad social se manifestó en primer lugar en la fineza, terminación y pulimento de los objetos y las herramientas líticas, que permitió hacerlas más útiles, pero sobre todo en la incorporación de nuevos aprendizajes, que condujeron a idear la forma de cultivar las plantas y de mejorarlas, así como de domesticar diversas especies de animales, seguido de la creación de infinidad de cosas útiles para la vida.

Un cambio, ese sí genético, que los antropólogos consideran consecuencia del aumento de la masa encefálica que llegó entonces a ser de alrededor de un kilogramo, como la actual.  Este cambio no produjo ningún cambio en la tendencia a la empatía en las relaciones humanas, lo que debe haber ayudado a que se fueran  ampliando las familias y la conformación de clanes y tribus y siempre sin diferenciaciones clasistas, que repetimos, no aparecieron hasta producirse la revolución urbana.

Expliquémonos:

Al producirse la RAG las agrupaciones humanas comenzaron a aumentar de tamaño a medida que se mejoraba el resultado del trabajo al hacerse con herramientas más adecuadas.  Los grupos se hicieron más numerosos que la simple familia. 


Tanto en la agricultura como en la ganadería la actividad colectiva fue imponiéndose con el agrupamiento, ajustados los individuos a diversas formas organizativas, pero sin recurrir a jerarquías y resolviendo los problemas de mayor importancia en forma asamblearia.

Esto fue sucediendo en épocas y lugares muy distantes, desde las primeras conocidas en los valles del rio Nilo y de Mesopotamia allá por los 100 siglos anteriores a nuestra era, hasta en América, apenas unos pocos decenios antes de Cristo.


Por eso han tenido que convivir etapas distintas de dicha evolución y en épocas en que aún no se disponía de escritura y que, en consecuencia, no se disponía de registros a los que se pudiera recurrir, con lo que se ha dificultado considerablemente la comprensión del conjunto del proceso, del que se han ocupado una serie de analistas, entre los que se destacan nombres como J.J Bachoven entre otros, y de antropólogos como Lewis Morgan, en cuyos trabajos de campo se apoyó F.Engels que dejó un volumen muy conocido entre los entusiastas del marxismo: “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”(1884).

Posteriormente, ya con la ayuda del “carbono radioactivo” y limitándose a los dos primeros procesos citados, existe la posibilidad de imaginar dos motivos que ayudarían a comprender dicha evolución que lo explicarían con suficiente aproximación. El primero es el ya citado sedentarismo, seguido de un sostenido desarrollo tecnológico y de un importante crecimiento demográfico con tendencia a la concentración en poblados.   El segundo, el predominio en los humanos primitivos de la tendencia empática que ya les había llevado a aceptar y desarrollar durante 50 siglos la actividad en colectivos de tamaño creciente.

¿CÓMO SE PROCESÓ? (a grandes rasgos)

Desde mediados del siglo pasado ya se suponía que los hallazgos arqueológicos debían responder a una secuencia temporal, pero desde entonces, con la ayuda del carbono radioactivo se ha podido ir datando con suficiente precisión la aparición por primera vez de distintos descubrimientos y construcciones incorporados al conjunto cultural de los humanos desde que se hicieron sedentarios hasta que se hicieron ciudadanos. 

Se empezó por saber que desde los años -5.500 se construían piezas de alfarería y que desde 1.000 años después, por el -4.500, se sabía hacer el hilo con el que después se pudieron hacer telas y que mientras tanto, las herramientas de piedra se habían perfeccionado mediante el pulimento haciéndolas cada vez más eficaces para sus respectivos usos. Se continuó sabiendo que desde el año -4.250, se podía extraer y utilizar el cobre existente en ciertos minerales, y allá por el -3.750 ya se fabricaban herramientas de bronce moldeadas por vaciado y se fundía la plata y el plomo. Que por el -3.250 se empleaba la rueda en el transporte, el arado en la labranza, el arnés en los animales, la vela en las embarcaciones y el torno en alfarería. Además de utilizarse la balanza.


Con tales datos ya se puede imaginar la secuencia creativa de todo ese período en que aún predominaba la empatía en los humanos y en que los artesanos eran la vanguardia, como a partir del Renacimiento lo fueron en Europa los ingenieros y los científicos. A partir de esos datos  se puede reconstruir lo esencial de la evolución de ese período e imaginar el aumento de la productividad que se logró durante el mismo.     


Y si a ello se le agrega que, a medida que las aldeas y sus alrededores aumentaban, la  armonización debía irse dificultando, haciéndose más complejos los acuerdos por la vía asamblearia, mientras aumentaban  otras necesidades, como la construcción de acequias de uso común, la canalización para el riego, los caminos para los traslados, los edificios y recipientes  para el almacenamiento y conservación de productos, herramientas, materiales y accesorios, así como destinar gente para ocuparse de ello en exclusividad, para lo que se necesitaba el apoyo de los vecinos, que se llevó a cabo mediante contribución impositiva, que a su vez debió también ser protegida y administrada por gente aleccionada para el cumplimiento eficaz de sus respectivas funciones, y que terminaron ocupándose de una función dirigida a que la gente aceptara esa nueva realidad que se les estaba imponiendo.

Así pueden haberse conformado los principales soportes del nuevo sistema de clases, que a su vez estimuló el desarrollo de la  escritura y del cálculo.

El sistema dominante tiende a ocultar, y hasta a negar, la existencia de las clases sociales.  Recurre a una valoración artificial de las funciones que se cumplen en la actividad social, y dice que por esa vía el conjunto ha sido capaz de expandirse y de mejorar rendimientos en la forma en que históricamente lo ha logrado.

Sería bueno recordar que:

1º) La ciencia afirma taxativamente que desde la última mutación no existen en el Mundo más “homos” que los “sapiens”, sean de la raza que sean y respondan a la cultura que respondan, y que por lo tanto todos disponen de capacidades básicas similares.

2º) En la cultura dominante, desde la que nos expresamos, y debido a la preparación recibida y a los apoyos privilegiados de que se puedan disponer, se pueden destacar diversas aptitudes para distintas tareas, todas ellas útiles en las actividades necesarias.



3º) En el conjunto de esas tareas el sistema socioeconómico dominante tiene establecido desde la RU, que las tareas más valiosas son las organizativas y las administrativas, y las menos valiosas las manuales; y que en la distribución de los resultados económicos de la actividad conjunta, los que se ocupan de las primeras son quienes deben ser especialmente beneficiados.


4º) El desarrollo de este sistema ha conducido a que en él se haya idealizado, como objetivo principal de la vida, la obtención de siempre mayor riqueza personal, poniendo por delante todo lo que se refiere a otras formas de bienestar personal y colectivo, alegando que con la acumulación de bienes se puede conseguir todo lo demás.


5º) Dada la complejidad que caracteriza al sistema dominante, se necesita preparación especializada para el cumplimiento de las tareas necesarias, siendo la organizativa la que requiere los conocimientos más costosos de obtener.



6º) Siendo los descendientes de los más poderosos quienes disponen de más tiempo para prepararse, ya que no tienen que trabajar desde muy jóvenes, y siendo también quienes disponen de mejores apoyos para acceder a los mejores puestos de trabajo y de otras formas de obtener bienes, es natural que sean ellos quienes dispongan de mejores estímulos y condiciones para acceder a las ocupaciones de organización que, como ya señalamos, son las mejor retribuidas.


Está claro que esa media docena de condicionantes no son las únicas, pero si suficientes para concebir a la sociedad dominante como clasista, en uno de cuyos extremos hay una población que dirige y en el otro, otra que es dirigida. Y con el uso y abuso de la institución de la herencia de bienes, la clase dominante acumula medios económicos y condiciones para perdurar y seguir diferenciándose por vía familiar en generaciones sucesivas.


Es cierto que entre los extremos de dichas clases no hay una clara línea de demarcación y que en esa graduación se pueden identificar otros grupos intermedios: marginados, desocupados, proletarios (otra designación de origen marxista), trabajadores independientes, burócratas, etc.) Todas ellas dirigidas.

También es cierto que en el sistema dominante actual, la pertenencia de cada cual a la clase social en que se encuentra, no se establece por decreto y que nadie impide tampoco que se pueda pasarse de una clase a otra, igual que se puede pertenecer a una de ellas aceptando la cultura social de otra.

Esas y otras posibilidades existen en el sistema dominante, pero no es razonable esperar para que suceda, desatender los condicionantes en juego, especialmente cuando de lo que se tratase fuera el pasar de una inferior a otra superior, incluso si se sienten imperiosos deseos de que así sea.

Además, al sistema dominante le interesa especialmente que en la sociedad haya determinados porcentajes de personas afectadas en cada uno de los sub-grupos, para poder cumplir las tareas necesarias de ser cumplidas y está asimismo claro que dispone de los medios para conseguirlo. Todo ello no impide que se produzcan traslados de clase, incluso en casos extremos, como puede ser un golpe de suerte en el juego, como le sucedió al conocido G. Soros, o al oportuno aprovechamiento de algún invento excepcional, como es el caso de Billy Gates. Pero tales casos aislados son excepciones que sirven más para confirmar la regla que para desmerecerla.


Las clases sociales han ido dejando de ser reconocidas como tales en las sociedades dominantes sucesivas a partir del abandono de la esclaviud en la edad media y en tiempos de la descolonización americana y de la caída del absolutismo durante la revolución francesa, cuando se izó la bandera de la trilogía de los nuevos valores sociales (libertad, igualdad, fraternidad). Todos sabemos y palpamos cotidianamente a lo que quedaron reducidos.


Somos concientes que en sociedades multitudinarias como en las que vivimos, no es fácil practicar una democracia real, como ya no lo era en la Grecia antigua, cuando se inventó la palabreja y donde la supuesta democracia funcionaba solamente –y muy relativamente- en la clase superior. Pero de ahí a negar la división clasista, media un abismo.

Sin embargo la cultura social ha incorporado la concepción de que conformamos todos una sola clase social, con los mismos derechos y deberes.  Y que si hay diferencias de bienestar y de poder, es por las características personales de los que quedan rezagados, aunque quienes lo sufren o lo observan con sentido crítico en la mayoría de los demás, no lo reconozcan.

No solo hay diferencias económicas entre unos y otros, sino también en sus costumbres, en su léxico, en su cultura personal, en sus diversiones, en sus juegos y, por supuesto, en sus relaciones personales, según los barrios de las ciudades y  los espacios rurales donde viven o que frecuentan. El resultado es que, a  medida que los niveles económicos se separan, también lo hacen las personas. Formamos, objetivamente, una sociedad clasista, se acepte o no se acepte.