INCIO
PRESENTACIÓN

BLOQUE 1: 
LAS BASES DEL SISTEMA
BLOQUE 2:
 CONCEPCIONES DISCUTIBLES
BLOQUE 3:
PROPUESTAS ACTUALES
BLOQUE 4:
HACIA EL CAMBIO


EL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI

A comienzos del 2005, frente a la tendencia de la intelectualidad sociopolítica, en que predominaban las tendencias a pensar que la solución de los problemas no debían esperarse fuera del capitalismo, el entonces presidente de Venezuela Hugo Chavez, lanzó un mensaje reclamando la “invención” del socialismo del siglo XXI, apoyado en las ideas emancipadoras de las revoluciones anticolonialistas de los siglos XVIII y XIX, y especialmente en la figura de Simón Bolívar.

Por aquellos tiempos, del comienzo del segundo milenio y pasado el impulso emancipador de los años 60, solo quedaban vivas, aunque aún debilitadas, la revolución cubana (en vías de recuperación), la nicaragüense, y en franca definición antiimperialista la propia Venezuela, Bolivia y Ecuador, además de mantenerse en actividad las guerrillas populares colombianas.


Asimismo, en el conjunto se destacaba la originalidad de que las fuerzas armadas de todos los países nombrados, excepto las de Colombia, se mantenían fieles a sus prioritarias funciones de defensa de lo instituido en sus correspondientes países, cosa que los gobiernos legales de este conjunto, también cumplían en su manera de actuar, a pesar de las frecuentes presiones que sufrían del Sistema dominante  general y del centro de Poder norteamericano.


El escenario dejaba un margen para recoger el guante, y uno de quienes lo hicieron fue el sociólogo Heinz Dieterich, que lo dejó expresado en un libro: “El Socialismo del siglo XXI”, dado a luz a principios de 2.009.

H. D. comienza a partir de la concepción marxista, que filosóficamente se apoya en el empleo de la organización centralizada como medio necesario “para canalizar las supuestamente predominantes tendencias personalistas de las poblaciones”; información por demás errónea, pero que también es frecuentemente utilizada por el sistema dominante para justificar su propia actitud autoritaria en el terreno social.

Pero dejando de momento este tipo de temas, dirigimos la atención hacia otros, relacionados con lo que nos ocupa, como lo es la atención que pone H.D. en el tema del valor de lo producido y la relación que tiene con su precio en el mercado. Al tratarlo se apoya en el trabajo de Arno Peters, dedicado a la determinación  de los valores de uso de los productos, algo que con la ayuda de matrices adecuadas y de la cibernética le fue posible realizar y que, incluso, ya fue ensayado para la economía alemana por el especialista Caster Shamer; un avance técnico que ayuda a fortalecer el origen y valor de las plusvalías denunciadas por Marx y Engels allá por los años 50 de siglo XIX.



La superación de la opinión que podía quedar del concepto y valor de las plusvalías en el sistema crematístico, significa un avance importante sobre la existencia de estas y un  apoyo para la fundamentación de un nuevo sistema económico, sea o no de carácter socialista, pero de cualquier manera, más comprensible y valedero que cualquiera de los actuales.


En esta página suponemos que la formación del Poder egocéntrico durante la revolución urbana, fue influida por la dificultad creada para administrar agrupaciones más numerosas y ahora, con la posibilidad de utilizar el valor de uso de lo producido, puede esperarse que ese problema sea superable.
 

Por esa vía podría darse la vuelta a la historia poniendo el acento en una organización urbana desentendida del valor de cambio de los productos en juego y utilizando en su lugar el de uso -exento de subjetividades-, y reconociendo la existencia real de las plusvalías que el de cambio produce, así como de su apropiación por los astutos egocéntricos de la época.

Realizar ahora el tal cambio debe resultar más problemático que si hubiese podido intentarse entonces, cuando había menos intereses creados en juego, pero ni existía esa herramienta, ahora novedosa,  ni por lo visto, a nadie se le ocurrió que pudiese aplicarse económicamente esa otra forma de asignarle valor a los bienes producidos.

Pero H.D. no suelta el guante y continúa pensando en la fuerza de ese descubrimiento, que en realidad data de mediados del siglo XIX a cargo de John Stuart Mill y que recientemente recibió una importante ayuda con el trabajo de Arno Peters, que permite calcular el valor de uso de todos los productos y los comparó con sus equivalentes de los empleados en la economía crematística en que se apoya el capitalismo.

Un importante aporte, ente otros, mediante el cual se determinan matemáticamente las plusvalías generadas en cada valoración.


H.D. vio claramente la importancia de este hecho como una herramienta para cimentar un sistema justo y equitativo, pero no por eso dejó de reconocer las dificultades para implantarlo, y en su libro dirige entonces la atención:

- a las debilidades del sistema dominante, que cataloga de inestable por la carencia que tiene de un mecanismo capaz de coordinar la inversión y el consumo, agregando su marcada asimetría que conduce a la diferenciación clasista y las consecuencias de su accionar, que lo llevan a su carácter nacionalista y guerrero.

- a que la transición al nuevo socialismo deberá darle prioridad al abastecimiento de la totalidad de la población, a la necesidad de adoptar participativamente y hacer efectivas ciertas decisiones, y la necesidad de prepararse para afrontar probables agresiones

- a la transición particular a producirse en la regional latinoamericana, incluso no en el conjunto de ella, sino solamente –de momento al menos- en los países que ya han evidenciado su actitud emancipadora de las influencias imperialistas.


Para esa concepción parte de la tendencia a los agrupamientos nacionales actuales en bloques de poder, que en la actualidad pueden identificarse:

-  USA y Europa, con signos de debilitamiento.

-  BRICS, con propósitos de consolidación y ampliación.

- MUSULMANES, con identificación religiosa.

-LATINOAMERICANA, con identificación de dependientes.

 Las referencias señaladas al libro comentado, a pesar de la importancia que tienen, no completan las observaciones que merece, a nuestro entender. No las queremos pasar por alto.


En primer lugar, en el sistema que promueve no hace referencia a la propiedad de los medios de producción, incluida la tierra, que en el sistema dominante es de propiedad particular y no de simple posesión para su uso, como lo es y lo ha sido en otros sistemas ya practicados.  


Tampoco hace referencia al grado de aceptación que el socialismo del S.XXI tendría por parte, tanto de quienes acompañan el proceso en la actualidad, como por quienes son sus víctimas. En el segundo caso, por supuesto, ya que sería sorprendente que lo aceptaran, cosa que ni siquiera se ha insinuado, ni que lo asumieran los primeros, formados concienzudamente, como lo han sido en el seno de la cultura social dominante y sin preparación suficiente para impulsar, organizar y administrar el cambio propuesto que, podría suponerse, se iría produciendo durante el proceso, hasta su culminación.


También debemos señalar que la propuesta del “Socialismo del S. XXI” no hace referencia a un argumento central, ni en apoyo ni en contra del Sistema dominante: la importancia de la iniciativa privada y de la persecución del lucro en el éxito de la economía social, tema que el cooperativismo ha demostrado en su devenir que no es –cuando menos- tan importante como el Sistema dominante pretende.

H.D. le da tanta importancia al trabajo de A. Peters que parece pensar que con eso solamente se procesarán todos los demás cambios necesarios. Pero Venezuela, por ejemplo, a pesar de ser un país que dispone de abundante energía de origen mineral, está lejos de ser autosuficiente en muchos renglones de los hábitos de producción y de consumo de su población, mientras que no le sería fácil formalizar un comercio internacional estando en juego valores expresados en distintas monedas, mientras los ciudadanos difícilmente aceptarían una situación de insatisfacción prolongada.

También se designa Socialismo del S. XXI a las políticas socioeconómicas que pretenden desarrollar algunos países latinoamericanos que tienen como objetivos manifiestos incorporar reformas más amplias que las del “Estado de bienestar” de la socialdemocracia europea y de incorporar a las etnias autóctonas –al menos- algunas pautas del sistema dominante.


En esos países (Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua) han conseguido establecerse gobiernos fuertes, con claro apoyo popular y poder militar respetuoso que lo acompaña o tolera, y con control estatal de sus riquezas naturales (Venezuela y en parte Ecuador y Bolivia), por su composición demográfica (especialmente Bolivia) y como el aparente resurgimiento de una revolución realizada hace medio siglo (Nicaragua).


Estos gobiernos han ido independizándose de la tutela del Sistema dominante desde la consolidación de la revolución cubana de 1959 y, si se concreta y consolida el proyecto BRICS, puede pensarse que consigan una estabilidad suficiente para seguir desarrollando sus proyectos que, en sus distintas variantes conllevarían, por lo menos, a la descalificación de que el Capitalismo hegemónico constituye un sistema imprescindible para la organización socioeconómica en el mundo actual.

Parece que H.D., basándose en un supuesto proceso evolutivo social que supone seguir similares caminos que los seguidos por los descubrimientos científicos de la naturaleza física, que sirvieron a Marx para adoptar su línea de pensamiento (salvajismo, civilización burguesa, socialismo), se adhiere a ese enfoque y decide que el proceso se repite en lo social y, opinando que el socialismo se consolidará haciéndose participativo, agregando que lo hará por zonas y con el apoyo de la utilización del valor de uso de los bienes.  También insiste en que el cambio deberá ser programado intelectualmente y supuestamente dirigido por una “élite”, que no por ser meramente intelectual (no necesariamente económica), dejara de ser una élite imprescindible.  O sea, una clase privilegiada o en camino de serlo.